La Iglesia de Roma, durante la persecución del emperador Decio, ofrecía a la Iglesia de Cartago el siguiente testimonio de su fe en Cristo.
Roma, principios del año 250.
"La Iglesia resiste con fortaleza en la fe. Es verdad que algunos, ya sea porque estaban impresionados por la resonancia que podrían suscitar a causa de su alta posición social, ya sea por la fragilidad humana, han cedido. Sin embargo, aunque ahora estén separados, nosotros no los hemos abandonado en su defección, sino que los hemos ayudado y todavía estamos con ellos para que se rehabiliten por medio de la penitencia y alcancen el perdón de Aquel que lo puede conceder. Porque si, en efecto, nosotros los dejáramos sin guía ni freno, su caída sería irreparable.
Procuren ustedes hacer otro tanto, hermanos carísimos, tendiendo la mano a los que han caído, para que se levanten. Así, si todavía tuvieran que sufrir el arresto, se sentirán fuertes para confesar la fe esta vez y remediar el error precedente.
Permítannos recordarles también cuál es la línea a seguir sobre otro problema. Los que cedieron a la prueba, si están enfermos y con tal de que estén arrepentidos y deseosos de la comunión con la Iglesia, también deben ser socorridos. Las viudas y los que no pueden presentarse por sí mismos, como los que actualmente están en la cárcel o lejos de sus casas, deben encontrar quién provea a ellos. Ni siquiera los catecúmenos enfermos deben quedar frustrados en sus esperanzas de ayuda.
Los saludan a ustedes los hermanos que están encarcelados, los presbíteros y toda la Iglesia, la cual vela con la máxima solicitud sobre todos los que invocan el nombre del Señor. Pero también nosotros les pedimos el intercambio de su recuerdo" (Carta 8, 2-3; CSEL III, 487-488).
Cuando Cipriano supo la muerte del papa Fabián, escribió a los presbíteros y diáconos de Roma esta carta.
Cartago, principios del año 250.
"Amadísimos hermanos:
No era todavía segura la noticia de la muerte del santo varón y colega mío en el episcopado y circulaban informes dudosos, cuando recibí la carta de ustedes, enviada por medio del subdiácono Cremencio, por la que quedamos plenamente informados de su gloriosa muerte. Me alegré mucho al saber que una administración tan íntegra alcanzó un final tan honroso.
Con respecto a esto, me alegro muchísimo de que también ustedes sigan honrando su memoria por un testimonio tan resonado y espléndido, al darnos a conocer a nosotros el glorioso recuerdo que ustedes guardan de su obispo, quien nos ofreció también un ejemplo de fe y fortaleza.
En efecto, cuanto más perjudicial para los súbditos es la caída de quien está a la cabeza, tanto más útil y saludable es un obispo que se ofrece a los hermanos como ejemplo de firmeza en la fe... Les deseo, queridísimos hermanos, que estén siempre bien" (Carta 9, 1; CSEL III, 488-489).
Cipriano rinde homenaje al testimonio de valor y fidelidad demostrados por el papa Cornelio y la Iglesia de Roma: "un luminoso ejemplo de unión y constancia a todos los cristianos". Previendo inminente la hora de la prueba también para la Iglesia de Cartago, Cipriano pide la ayuda fraterna de la oración y de la caridad.
Cartago, otoño del año 253.
"Cipriano a Cornelio, hermano en el episcopado.
Sabemos, amadísimo hermano, de tu fe, de tu fortaleza y de tu abierto testimonio. Todo ello te honra a ti y me proporciona a mí tanta alegría que me hace considerarme partícipe y socio de tus méritos y de tus empresas.
Siendo, en efecto, una la Iglesia, uno e inseparable el amor, única e inseparable la armonía de los corazones, ¿qué sacerdote, al proclamar las alabanzas de otro sacerdote, no se alegrará como de su propia gloria? ¿Y qué hermano no se sentirá feliz con la alegría de los propios hermanos? Ciertamente no pueden ustedes imaginarse el contento y la gran alegría que hemos tenido aquí al saber de ustedes cosas tan hermosas y conocer las pruebas de fortaleza que están dando.
Tú has sido el guía de los hermanos en la defensa de la fe y la misma confesión del guía se ha fortalecido todavía más con el testimonio de los hermanos. Así, mientras has precedido a los otros en el camino de la gloria, y mientras te has mostrado dispuesto a confesar el primero y por todos, has persuadido también al pueblo a confesar la misma fe. Por todo esto, nos resulta difícil expresarles qué es lo que más debemos elogiar en ustedes, si tu fe pronta e inquebrantable o la inseparable caridad de los hermanos. Se ha manifestado en todo su esplendor el valor del obispo como guía de su pueblo, y se ha mostrado luminosa y grande la fidelidad del pueblo en plena solidaridad con su obispo. Por medio de todos ustedes, la Iglesia de Roma ha dado su magnífico testimonio, toda ella unida en un solo espíritu y una sola voz.
De este modo ha brillado, hermano queridísimo, la fe que el Apóstol comprobaba y elogiaba en la comunidad de ustedes. Ya entonces preveía él mismo y celebraba casi proféticamente su valor y su indomable fortaleza . Ya entonces reconocía los méritos que les darían a ustedes tanta gloria. Exaltaba las empresas de los padres, previendo las de sus hijos. Con su plena concordia, con su fortaleza, han dado ustedes a todos los cristianos un luminoso ejemplo de unión y de constancia.
Queridísimo hermano, el Señor en su providencia nos avisa que es inminente la hora de la prueba. Dios, en su bondad y en su premura por nuestra salvación, nos da sus benéficos consejos de cara a nuestro próximo combate. Pues bien, en nombre de la caridad, que nos une recíprocamente, ayudémonos perseverando con todo el pueblo en ayunos, en vigilias y en la oración.
Estas son para nosotros las armas celestiales que nos harán firmes, fuertes y perseverantes. Estas son las armas espirituales y los dardos divinos que nos protegerán.
Recordémonos mutuamente en la concordia y fraternidad espiritual. Roguemos siempre y en todo lugar los unos por los otros y busquemos cómo aliviar nuestros sufrimientos con la mutua caridad"
(Carta 60, 1-2; CSL III, 691-692, 694-695).
La Iglesia de Cartago había enviado a Roma algunos eclesiásticos para saber noticias ciertas con relación al decreto de persecución del emperador Valeriano. Volvieron llevando la dolorosa noticia de la muerte del papa Sixto II. El obispo Cipriano se preocupó inmediatamente de informar sobre lo sucedido a la Iglesia de Africa, enviando al obispo Suceso la siguiente carta
Cartago, agosto del año 258.
"Mi querido hermano:
No he podido enviarte antes esta misiva porque ninguno de los clérigos de esta Iglesia podía moverse, ya que todos se encontraban bajo la amenaza de la persecución, que gracias a Dios, los ha encontrado en su interior totalmente dispuestos a recibir la divina y celestial corona.
Te comunico ahora que han vuelto los que envié a Roma para que se informaran y nos contaran la verdad exacta sobre el rescripto publicado en relación con nosotros, pues, efetivamente, corrían varias e inciertas opiniones sobre ello.
La verdad acerca de todo esto es que Valeriano ha enviado al Senado un decreto, por el cual ha decidido que los obispos, sacerdotes y diáconos sean inmediatamente condenados a muerte. Que los senadores, los varones ilustres y los caballeros romanos, sean privados de toda dignidad y despojados de sus bienes. Y si, después de ser privados de sus riquezas, los cristianos continuasen siéndolo, también ellos deben ser condenados a la pena capital.
Las matronas cristianas sufran la confiscación de todos sus bienes y luego sean enviadas al destierro. A todos los funcionarios imperiales, que han confesado la fe cristiana o que debieran confesarla al presente, les sean también confiscados sus bienes. Después sean arrestados e inscritos entre los enviados a las posesiones imperiales (trabajos forzados).
A este rescripto, el emperador Valeriano añade la copia de una carta suya enviada a los gobernadores de las provincias y que se refiere a mi persona. Estoy todos los días aguardando esta carta y espero recibirla pronto manteniéndome firme y fuerte en la fe. Mi decisión frente al martirio es clara y bien definida. Lo aguardo, confiando plenamente que de la bondad y generosidad de Dios voy a recibir la corona de la vida eterna.
Te comunico que Sixto ha sufrido el martirio junto con cuatro diáconos el día 6 de agosto, mientras se encontraba en la zona del "Cementerio" (las Catacumbas de San Calixto).
Los Prefectos de Roma tienen como norma, en esta diaria persecución, que todo el que sea denunciado como cristiano, debe ser ajusticiado, y confiscados sus bienes en favor del erario imperial.
Te suplico que todo lo referido sea dado a conocer también a nuestros compañeros en el episcopado, a fin de que en todo lugar, con sus exhortaciones, animen a nuestras comunidades y las preparen cada vez mejor al combate espiritual. Esto servirá de estímulo para considerar más el bien de la inmortalidad que la muerte, y para alegrarse más que temer al pensar que se debe confesar la propia fe. Los soldados de Dios y de Cristo saben muy bien que su inmolación no es tanto una muerte cuanto una corona de gloria.
Te saludo, hermano carísimo, en el Señor" (Carta 80; CSEL III, 839-840).
Habría sido muy útil y edificante conocer las actas del proceso de los mártires Ponciano, Fabián, Cornelio, Sixto II, Eusebio, Cecilia... Desgraciadamente se destruyeron los archivos de la Iglesia de Roma, durante la tremenda persecución de Diocleciano.
Sin embargo, han llegado hasta nosotros las Actas del proceso de San Cipriano. Estas Actas se leían en las comunidades cristianas para gloria del mártir y para infundir fuerzas en el momento de la prueba. Podemos, pues, imaginar que las Actas del proceso de los mártires, citados más arriba, estuvieran escritas, poco más o menos, del mismo modo.
Cartago, 14 de setiembre del año 258.
"El día 14 de setiembre, por la mañana, se había congregado una gran muchedumbre en la localidad de Sesti, de acuerdo con lo ordenado por el procónsul Galerio Máximo. El mismo Galerio Máximo sentado en su tribunal mandó que fuese conducido Cipriano ante la audiencia que se celebraba aquel mismo día en el atrio Sauciolo. Cuando lo tuvo delante, dijo el procónsul Galerio Máximo al obispo Cipriano:
Galerio Máximo, después de haber deliberado con el colegio de los magistrados, a la fuerza y de mala gana pronunció esta sentencia: 'Tú has vivido largo tiempo sacrílegamente y has atraído a muchísimos a tu secta criminal, con lo que te has constituido en enemigo de los dioses romanos y de sus sagrados ritos. Los piadosos y santísimos emperadores Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, no lograron conquistarte para observar sus ceremonias religiosas.
Por tanto, desde el momento en que has resultado autor e instigador de los peores delitos, tú mismo servirás de escarmiento para aquellos que has asociado a tus criminales acciones. Con tu sangre será sancionado el respeto de la ley'.
Y, dicho esto, leyó en alta voz el decreto escrito en una tablilla: 'Ordeno que Tascio Cipriano sea castigado con la decapitación'.
El obispo Cipriano dijo: 'Demos gracias a Dios'. Tras esta sentencia la turba de hermanos (los cristianos) decía: 'También nosotros queremos ser decapitados juntamente con él'. Con ello se levantó un gran alboroto entre los hermanos y mucha gente lo siguió. Así fue conducido Cipriano al campo de Sesti, y allí se quitó el manto y la capucha, se arrodilló en el suelo y se postró para orar al Señor. Se quitó luego la dalmática (especie de túnica sobre el traje) y la entregó a los diáconos, se quedó solamente con el vestido de lino, y así permaneció a la espera del verdugo.
Cuando este llegó, ordenó el obispo a los suyos que le diesen veinticinco monedas de oro. Mientras tanto, los hermanos tendían delante de él retazos de tela y pañuelos (para recoger la sangre como reliquia). Entonces el gran Cipriano se vendó los ojos con sus propias manos, pero como no lograra atarse las puntas del pañuelo, acudieron en su ayuda el presbítero Julián y el subdiácono Julián.
Así fue martirizado el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, a causa de la curiosidad de los paganos, fue colocado en un lugar próximo donde pudiera estar oculto a su indiscreta mirada. Más tarde, y durante la noche, fue sacado de allí y llevado devotamente y con gran triunfo entre antorchas y teas encendidas, hasta el cementerio del procurador Macrobio Candidiano situado en la vía de las Cabañas, junto a las piscinas. Pocos días después, murió el procónsul Galerio Máximo. El santo obispo Cipriano sufrió el martirio el 14 de setiembre bajo los emperadores Valeriano y Galieno, reinando Nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponden el honor y la gloria por los siglos de los siglos.
¡Amén!" (De las "Actas Proconsulares", 3-6; CSEL III, CXII-CXVI).