PROFUNDIZACIONES E INVESTIGACIONES

DEL LIBRO: “VOCI DAL PROFONDO”
(Voces desde la profundidades), traducción castellana

En lo profundo...

Quien se encuentra delante de un hipemiercado o bien a la entrada de un parque puede ver ya desde afuera lo que encontrará adentro. Pero, ¿qué es lo que espera al visitante que por vez primera se halla delante de una catacumba? Tomemos como ejemplo las Catacumbas de San Calixto.
Imagen casi idílica: en medio del verde de las palmeras, de los eucaliptos, de los pinos y de los cipreses, hay un jardín con una fuente de donde está manando agua. Alrededor de un pequeño patio algunas casitas más bien viejas y poco llamativas, adornadas, según la estación, por las luminosas tonalidades de las buganvillas multicolores. Tan solo las inscripciones indican que este es el punto de encuentro de los varios grupos linguísticos de visitantes. La zona de ingreso a las Catacumbas del papa y mártir San Calixto, con su núcleo histórico, es un pequeño paraíso, un verdadero lugar de paz.
En lo profundo, bajo tierra, se encuentra precisamente aquí otro lugar de paz, es decir, el primer cementerio "oficial" de los cristianos de la antigua Roma. Algunos pequeños terrenos usados para sepultura privada y donados a la comunidad por creyentes acaudalados en el siglo II lo han hecho posible.
Comunión de los bienes y de vida: era esta para la comunidad cristiana una necesidad del corazón, también en cuanto a los difuntos. Porque en Cristo todos nos pertenecemos unos a otros, los vivientes, los difuntos, los mismos santos que ya viven con Cristo, después de haberle brindado testimonio con la propia sangre.
Aquí, bajo tierra, junto a las tumbas de sus seres queridos, los cristianos rezaban con grato recuerdo por los difuntos. Diversamente de los paganos (para quienes con la muerte todo terminaba), para los cristianos los muertos, aun cuando hubieran regresado a la casa del Padre, formaban siempre parte de la comunidad. Ellos habían tan solo anticipado el paso a través de la puerta oscura del sueño de la muerte que un día, antes o después, se abre para todos. ¡La muerte no rompe los vínculos del amor, tan solo los cambia!
Junto a las tumbas de los mártires los cristianos gustaban de expresar su admiración por el valor que habían demostrado y de pedir su intercesión por los seres queridos difuntos y por una feliz conclusión de la propia vida.
Estos testigos de la fe, muchachos, jóvenes, adultos o ancianos, habían preferido sacrificar la vida antes que renegar de la fe en Cristo Jesús. En la prisión o bajo crueles torturas, expuestos a las bestias feroces en la arena para divertir a las masas de espectadores despectivos, condenados a duros y deshumanos trabajos forzados o al destierro, ellos fueron y permanecieron creíbles y ejemplares "testigos" (es este el significado de la palabra "mártir") de la pureza y confiabílidad de la fe cristiana. Ahora ellos se encontraban de veras cerca de Dios; por esto también muchos de los creyentes elegían ser sepultados junto a ellos en la espera de la resurrección.
Comunión de bienes y de vida: ¡cuánta fe, entrega y sobre todo amor por parte de los cristianos para llegar a realizar este su ardiente deseo! Aquí, en las Catacumbas de San Calixto, este tugar de "reposo en común" de casi 500.000 personas se extiende en un entrelazamiento de galerías que alcanzan unos 20 km de largo, bajo una superficie de apenas 15 hectáreas de terreno. Para darse cuenta y sobre todo para revivir espiritualmente esta singularísima manifestación de vida y de fe de tiempos ahora tan lejanos, no hay que quedar arriba, en la superficie. Las catacumbas descubren su "originalidad", el misterio de su ser tan solo a quien está dispuesto a bajar a lo profundo – en el sentido literal y figurado de la expresión – y ahí abrir los ojos y los oídos del propio corazón. Es a menudo lo que ocurre también en la vida, no solo en las catacumbas…

Un laberinto de galerías

Se estima que las galerías de las catacumbas cristianas de la Roma antigua, teniendo en cuenta también los varios pisos en que se desarrollan., alcanzan en su conjunto una longitud de por lo menos 200 km. A veces ellas presentan una altura de 8 metros, siempre cavadas de arriba abajo. Los "fossores" debían constantemente verificar la consistencia de la puzolana para decidir en qué dirección continuar a excavar, además se debía absolutamente respetar también los lindes de la propiedad superior. Quedaba después la tarea principal: la creación de centenares de infles de tumbas no solo en las paredes de las galerías, sino también en los cubículos de familia y en las criptas.
Una tumba alineada con la otra. Muchas destinadas a recibir a una sola persona; pero a veces, como se puede inferir por la altura, fueron colocadas también varias personas muertas en una misma circunstancia o que pertenecían a una misma familia. Las numerosas tumbas pequeñas documentan, de una manera impresionante, que la mortalidad infantil era pavorosamente alta en la Roma de entonces.
La mayor parte de las tumbas, llamadas loculi, no eran adornadas, sino tan solo tapiadas con ladrillos, losas de barro cocido o también simples losas de mármol. Al comienzo podían mostrar el nombre del difunto, con la añadidura, más tarde, de símbolos de fe y otros datos; pero de ordinario eran anónimas. En ellas se colocaba los cuerpos de los difuntos acostados de espaldas y envueltos en una sábana. Se comprende así por qué los cristianos llamaban coemeterium, es decir, "dormitorio", estos lugares de sepultura, a diferencia de los paganos que usaban, en cambio, el término necrópolis, es decir, "ciudad de los muertos".
En las paredes y en el cielo raso se pueden ver todavía las señales de los picos con que los "fossores" excavaban la toba. La tierra era llevada a la superficie por medio de canastas y bolsas de cuero, o bien era sacada a través de los "lucernarios" (una especie de chimeneas) dejados abiertos para la iluminación y la ventilación. ¡Debieron de ser centenares de miles las toneladas llevadas a la superficie desde las catacumbas!
Las tumbas, las galerías y las escaleras hablan de la "comunión" de aquellos que aquí reposan, pero también de aquellos que aquí trabajaron. Trabajo en sociedad es lo que se hace juntamente con otros o los unos por los otros: pero es el ideal común lo que de estas manifestaciones hace "comunión". Semejantes cementerios subterráneos proclaman de manera impresionante la conciencia, amúgada en la fe, que esos primeros cristianos tenían con respecto al elemento que más fuertemente sostiene la "comunión", es decir, el amor. Mediante este vínculo ellos experimentaban que se pertenecían el uno al otro, inseparablemente unidos en Cristo y con Cristo; hermanas y hermanos, mutuamente coresponsables en vivir acá abajo en camino hacia la meta final. Cada una de estas catacumbas, por lo tanto, termina siendo un imponente monumento a la fuerza de una fe que sabe vivir de este amor unificante. Un monumento que, en su silencio, induce al visitante a reflexionar con sinceridad sobre los temas más esenciales de la existencia.

Desde Rainer Korte: Voci dal profondo. Meditazioni sulle Catacombe cristiane di Roma.
Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1998.
Pp. 14 – 19. Traducción castellana por José Juan Del Col.

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