PROFUNDIZACIONES E INVESTIGACIONES

VIDA CONYUGAL Y FAMILIAR EN LAS LÁPIDAS SEPULCRALES DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Antonio Baruffa, Las Catacumbas de San Calixto. Historia – Arqueología – Fe.

VIDA CONYUGAL

“Las lápidas sepulcrales nos presentan el matrimonio como una comunión de almas y de cuerpos. Se insiste mucho en la unión de los cónyuges como compañeros de vida y en las alegrías de la vida en común... Los primeros cristianos consideraban el matrimonio como una unión exclusiva, según se desprende de los elogios a una mujer difunta. Su fidelidad total y su comportamiento honesto y recatado son testimonio de un amor único. Se recuerdan la honradez y la castidad del marido.
El matrimonio comporta, además, una disciplina de vida, a la cual concurren la perseverancia y el aprecio de valores convergentes de ambas partes, como son la fe y la oración, de modo que alcancen una edificante ejemplaridad en el propio estado. El cristiano honra de este modo el vínculo matrimonial, y más aún, descubre la presencia de Dios en el propio matrimonio, como se ve en la exclamación de un tal Ciríaco, que se dirige a su esposa difunta con estas palabras:

“¡El Creador te había entregado a mí, como un santo don!”” (ICUR, I, 1496).

Mujeres inolvidables

“Los dos serán una sola carne” leemos en la Biblia (Gn 2, 24) y Tertuliano habla de los cónyuges como hermanos, colaboradores, unidos en las angustias, en las persecuciones y en la esperanza (Ad Uxorem). Celso Eutropio perdió a su joven esposa de apenas treinta años, después de casi once de matrimonio feliz. En la lápida sepulcral escribe que el tiempo pasado con ella le pareció un paraíso: sine ulla lesione animi mei. ¡Dichoso él!

“Celso Eutropio a su esposa... que vivió conmigo sin darme
nunca el más mínimo disgusto. Su vida alcanzó los 31 años, 9
meses y 15 días. Pasó con su marido 10 años y 9 meses. Fue
sepultada 7 días antes de las calendas de... Murió el jueves.
Bienaventurada en paz” (ICUR, IV, 11241).

Del mismo parecer era Flavio Crispino, al pensar en su mujer Aurelia Aniana. Su matrimonio se caracterizó por la perfecta armonía conyugal. Los deseos de felicidad y de vida en la paz del Señor, hablan claramente del gran amor que experimentaba por la compañera de su vida.

FL CRISPINVS AYRELIAE ANIA
NETI BEN · M · COIVGE QVE VIXIT AN
XXVIII QVEM COIVGE HABYI AN
VIIII KARITATE SINE VLA ANIME MEI
LESIONE VALE MICHI KARA IM PACE
CVM SPIRITA XANTA VALE IN PX
“Flavio Crispino a Aurelia Aniana, benemérita esposa, que
vivió 28 años. La tuve en matrimonio 9 años con amor, sin que
ocasionara ninguna amargura a mi alma. Que te encuentres bien,
mi amada. Que estés en paz con las almas santas. Que estés en
Cristo” (ICUR, IV, 12566).

“El deseo de que se encuentre con “las almas santas” significa que se conserva el ser querido en el cielo, junto a Dios, en plena posesión de la felicidad. El mismo hecho de estar en medio a los justos se considera como parte del estado de bienaventuranza: la compañía de los otros santificados es una presencia que alegra al alma y contribuye al gozo de cada uno y a la felicidad de todos. Encontrarse en la bienaventuranza significa, por tanto, estar con Dios, y con los Santos, y gozar de su presencia.
De este modo, el cielo se presenta, más que como un lugar, como una vida en Dios y con Dios: la felicidad celestial, más que encontrarse en un ambiente luminoso, es vivir en Cristo, que es la luz; la bienaventuranza, más que gozar del descanso (reposo), es vivir en la paz que es Dios mismo; la suerte dichosa, más que una visión de Dios, es una vida de gozo que transcurre con Dios, con los ángeles y con los santos. El mismo concepto de vivir incluye evidentemente la idea de una actividad, atribuida a los que están junto a Dios. Que es lo que quieren decir también los verbos “gozar” y “ver”...
El verdadero mensaje cristiano, por consiguiente, es que los santos viven en Dios para siempre. Esa vida tiene un carácter puramente personal porque se entiende como una relación individual e íntima con Dios, pero, al mismo tiempo, tiene también un carácter esencialmente eclesial, por cuanto es vivida en la comunidad de los bienaventurados”.

Fidelidad conyugal

Esta es una virtud que tiene sus raíces en el Evangelio. Los Apologistas (los defensores de las verdades de la fe cristiana) y los Padres de la Iglesia (los grandes obispos de los primeros siglos) la exaltan en sus escritos. Es invocada también por algunos muchachos y jóvenes, obligados a vivir una situación familiar muy penosa.
La lápida aquí citada habla de la fidelidad de una esposa en relación con su marido, pero tiene el mismo valor para el marido en relación con su mujer. El buen Probiliano comprendía la gran importancia de esta virtud en la vida conyugal y quiso dar testimonio en alabanza de su esposa.

“Probiliano a su esposa Felicidad, cuya fidelidad conocieron
todos los vecinos, lo mismo que la honestidad de sus costumbres y
su bondad. Nunca traicionó a su marido en ocho años de ausencia.
Fue sepultada en este lugar santo el 30 de enero” (ICUR, IV, 10953).

“Uno de los elogios más hermosos que el marido puede tributar a su esposa es el de resaltar la honestidad de sus costumbres, es decir, la castidad. Ella guarda su cuerpo casto para el marido. Además, el hecho de que no sólo se trate de la castidad del cuerpo, sino también de la del corazón, puede deducirse de las otras virtudes subrayadas por el marido, como son la honestidad y la probidad, la alabanza del pudor como modo de comportarse, la insistencia en la inocencia de vida. Es la imagen de la esposa, que se dedica al marido, que no vive más que para el marido”.

Un marido ideal

Si se considera al hombre en el centro de un conjunto de sentimientos y relaciones, se comprenderá hasta qué punto puede desconcertarle la muerte de una persona querida. El dolor nace del amor vivido en profundidad y no hay muerte más triste que la de aquél a quien nadie le llora.
Sólo así se comprende el dolor de esta joven esposa ante el recuerdo de su querido Alejo, fallecido a los 31 años. Se casaron muy jóvenes y Alejo amó a su compañera de vida muchísimo: ¡quince años sin sombra de incomprensión! El marido ejercía el servicio de lector en la parroquia llamada “Fullónica”, por estar situada en las cercanías de un lavadero público (fullónica = lavandería). El Título de Fullónica, con toda probabilidad, corresponde a la iglesia de los santos Marcelino y Pedro.

“Al queridísimo marido Alejo, alma dulcísima, lector en la
parroquia de la Fullónica. Vivió conmigo quince años. Se casó
conmigo a los dieciséis. Virgen para virgen
(es decir, no hubo relaciones prematrimoniales),
del que no recibí ninguna amargura.
Descansa en paz con los Santos, con los cuales has merecido
(vivir). Sepultado el 15 de diciembre” (ICUR, IV, 11798).

“Vivir el matrimonio como una comunión de vida significa, ante todo, vivir de acuerdo el uno con el otro. Mas, para poder vivir en armonía, se requiere también la fidelidad recíproca. Ahora bien, la virginidad prematrimonial es recordada tan a menudo en las lápidas que deja presuponer se tenía por normal entre los cristianos el mantenerse vírgenes hasta el día de la boda. También los paganos sabían apreciarla, pero entre los creyentes parece que llegó a ser un factor integrante del concepto cristiano del matrimonio”.

Profunda añoranza

Cuando leemos los epitafios (inscripciones sepulcrales), a veces, nos encontramos frente a auténticas tragedias. Eran muchas las mujeres que morían muy jóvenes a consecuencia de partos difíciles, pero también era elevado el número de los maridos muertos. En medio de tanta aflicción, es difícil encontrar en la epigrafía cristiana algún sentimiento de rebelión o de desesperación. La fe extendía siempre su benéfica luz sobre los dolorosos sucesos humanos. Con esta visión cristiana de la vida lloraron la pérdida de sus maridos Afrodita, Elia Capitolina y Cornelia Victorina.

“Por el singular amor a la esposa y por su admirable caridad,
Afrodita (hizo el sepulcro) para Antonio, esposo queridísimo, que
vivió 25 años, un mes y 7 días. En paz” (ICUR, IV, 11809).

Además de la esposa, participan en el dolor y en el luto los hijos, que desean asociarse a la madre en el recuerdo del padre que tan prematuramente les ha dejado.

“A Quinto Ofelia Trófimo. Elia Capitolina hizo la
inscripción para el mando santísimo (persona muy buena y justa)
y se unieron los hijos (al recuerdo del padre)” (ICUR, IV, 10059).
O bien:
“A Aurelio Macrobio. Cornelia Victorina al
queridísimo marido y los hijos Aurelio, Demetrio y Genadio
(hicieron la lápida) al padre. En paz” (ICUR, IV, 12574).

“Si se quisiera sintetizar – aparte de estos breves ejemplos – cómo se presenta la figura del marido a través de los epitafios, veríamos la siguiente imagen: hombre bueno, afable, amigo de todos (cultivador de la amistad), amable, inteligente y honrado. La gente lo buscó y lo apreció por sus cualidades personales y profesionales. Se admira en él la fidelidad a los principios de su tiempo, la integridad de mente, la probidad de costumbres, la solidez de la fe. El marido lo es todo para la esposa, la cual habla de él con respeto y admiración”.

Dos cónyuges envidiables

Vamos a concluir este primer grupo de inscripciones dedicadas a la vida conyugal, citando una lápida, desgraciadamente perdida hoy en día, y de incierto origen. Los estudiosos la suponen de la vía Ardeatina, pero también podría pertenecer, en principio, al complejo calixtiano.
Los hijos son el fruto más hermoso de la fecundidad del amor de los padres y constituyen, además, su ideal mucho más allá de la muerte. Cada uno de nosotros siente la necesidad de continuar viviendo... La herencia más preciosa que una pareja de esposos puede legar a un hijo es el ejemplo de una vida iluminada por el amor.
El joven Druso estaba más que convencido de ello y sintió necesidad de transmitir a los venideros su recuerdo en una lápida:

“A Esteban y Generosa, padres dulcísimos, que vivieron largo tiempo sin reñir jamás. El
desventurado Druso hizo el sepulcro a sus beneméritos padres” (ICUR, III, 9170).

VIDA FAMILIAR

“Las lápidas sepulcrales nos presentan familias en las que reina una atmósfera de calor humano, de benevolencia, de ternura, de serenidad, de paz. Encontramos en ellas padres que tienen atenciones por sus hijos: por el juego y los mimos de los pequeños, por los talentos y las cualidades de los jóvenes, por los sucesos alegres y tristes de sus hijos casados. Encontramos en ellas hijos que son el sostén de padres ancianos; nietos y abuelos, que se quieren bien; hermanos y hermanas, que se sienten unidos por el vínculo familiar en la edad madura y se apoyan recíprocamente.
El sentido familiar es profundo, los lazos entre sus miembros son estrechos y afectuosos. Además, las familias están unidas también en la fe. Los hijos son educados en el servicio de Dios y el culto a los mártires; se valorizan la virginidad consagrada y el servicio a la Iglesia; se introduce la oración como elemento constitutivo en el culto a los muertos; se inspira y se comunica a los hijos el amor de Dios.
En las familias cristianas crecen valores como la virginidad prematrimonial, la castidad matrimonial, la integridad personal, la laboriosidad, el culto a la amistad, la apertura social, sobre todo en la acogida prestada a los niños abandonados, indefensos y privados de asistencia”.
La epigrafía sepulcral no sólo nos habla de parejas rotas en sus afectos más queridos, sino también de hijos que dejan prematuramente a sus padres, precisamente en la primavera de la vida. Humanamente hablando no se encuentra una explicación plausible frente a estas tragedias. Y también aquí, solamente la fe, que se vislumbra en las expresiones de afecto y de dolor del padre o de la madre, nos ofrece un poco de luz sobre el misterio de la muerte.
“La verdadera aceptación de la muerte resulta posible solamente ante la perspectiva de la vida.
Los antiguos creyentes, a la par de todos los demás hombres, han experimentado cómo la muerte por sí
misma es violenta cuando quita todo al hombre y le separa de todos; lo dura que se presenta cuando sorprende a un joven; lo desconcertante que resulta cuando llega inesperada y repentinamente. Los paganos ven en ella el destino, inevitable e impersonal; los cristianos descubren en ella la presencia de Dios.
La fe hace que sea aceptada la muerte. Ello es posible, porque... el fiel muere en Cristo con la seguridad de que el mismo Cristo, vencedor de la muerte, será su guía hacia la vida eterna”.

Junio, un muchacho gracioso

Las dotes naturales de Junio hacían que se le presagiara un futuro brillante. Este muchacho había conquistado con sus gracias el corazón de todo el mundo, logrando que apareciera la sonrisa en muchos labios mudos. Naturalmente constituía el orgullo de sus afortunados padres.
Pero la muerte es inexorable. No respeta la edad y se atreve a cortar aquella tierna flor cuando se estaba abriendo a la vida. Surge espontáneamente un grito de dolor: “¿Por qué ha permitido Dios esto? ¿Por qué los pequeños, los inocentes, los buenos deben también sufrir y morir? ¿Por qué hemos de morir...?”.
Los padres de Junio no solamente se hacen estas preguntas, sino que nos ofrecen la respuesta de su fe. Ellos hablan, ciertamente, de rapto, porque no quieren negar el dolor que experimentan por esta partida inesperada, pero saben que su hijito sigue viviendo y que un día volverán a encontrarlo. Con la muerte se ha ofrecido a Cristo al pequeño Junio, ángel de bondad, que no se ha perdido para siempre.

“ ... A Junio Acuciano, que vivió casi diez años.
Benemérito en paz. Sepultado el...
En la tumba que ves, descansa un muchacho
gracioso en el hablar pese a sus pocos años.
Cordero raptado para el cielo y entregado a Cristo”

Agustín, un adolescente tronchado en plena flor

Esta inscripción está dedicada “al dulce descanso, a la singular piedad, a la inocencia de vida y la admirable sabiduría de un adolescente queridísimo, que ha elegido la religión de la madre.

Benemérito por encima de todo lo imaginable... Agustín
vivió 15 años y tres meses. Su piadosísima madre a su dulcísimo
hijo en la paz eterna” (ICUR, IV, 11823).

¡Pobrecita mamá! Agustín era su orgullo y constituía el apoyo de su vejez. ¡Ahora está sola!
“El término de “inocente”, atribuido por los padres a sus hijos, hay que entenderlo, en primer lugar, como una dote natural. Cuando se aplica a los niños, se quiere expresar de ese modo un sentimiento humano común, en cuanto que no causan ningún mal a nadie y en los que está ausente todo tipo de amenaza o de maldad. En segundo lugar, la idea común de la inocencia infantil ha permitido también a los cristianos atribuirle un matiz religioso, es decir el de la inocencia bautismal, a la que, sin embargo, rara vezse refiere de modo explícito. La imagen de la inocencia, propia de los niños, se emplea, finalmente, para describir la buena conducta de los adultos”, como pretende la alusión de esta lápida.

Macedoniano reposa en la paz del Señor

Los primeros cristianos sabían muy bien que los hijos son un don precioso de Dios. Se recibía a la vida con respeto y gratitud. Rechazaban toda suerte de aborto y el uso típico de los paganos de abandonar a sus criaturas. Más todavía, recogían a estos infelices para ofrecerles su afecto y asistencia. Si quisiéramos medir el afecto que los padres tenían a sus hijos por las expresiones de las lápidas sepulcrales, deberíamos concluir diciendo que les profesaban un afecto verdaderamente desmesurado.

“Al carísimo hijo Macedoniano,
más dulce que toda la dulzura de los hijos,
que vivió en esta tierra nueve años y veinte días.
Uno de sus padres hizo la tumba a su querido.
En paz”

Por la inscripción advertimos que el pequeño Macedoniano era huérfano: no sabemos si de padre o de madre, pero quien fuese es ahora doblemente huérfano, por haber perdido el compañero o la compañera de vida y el fruto más hermoso del amor conyugal: Macedoniano. Sólo en este contexto podemos comprender a fondo la expresión: “más dulce que toda la dulzura de los hijos”. ¡Qué gran vacío llenaba el muchacho con su afecto y con su presencia en aquella casa!
Macedoniano fue sepultado en un sarcófago. Sobre la tabula cuadrada del centro de la tapa se encuentra la inscripción. A la derecha está el busto del jovencito. Tras sus hombros se esculpió un tapete sostenido por dos amorcillos. En la parte izquierda, en cambio, aparece el bíblico Jonás, arrojado primero al mar y descansando después, bajo la pérgola.

Segunda, paloma dulcísima

Sobre un peldaño de la escalera de la Zona Liberiana, y en su parte inferior, se halla la pequeña lápida de Segunda, una joven maravillosa, arrebatada por la muerte a los veinte años. Su honradezde vida y costumbres (no era una muchacha fácil, como hoy se diría), su dulzura en el hablar, su fe... fueron un raro ejemplo de joven ideal para novia y esposa.

MIRAE · BONITATIS SECVNDE
QVAE VIXIT PVRA FIDE ANNOS
VIGINTI PVDICA CESSAVIT
IN PACE ID VIRGO FIDELIS
BENEMERENTI QVIESCET ID IVL
PALVMBO SINE FELLE M ET N
“A Segunda, de admirable bondad, que vivió 20 años con fe
sincera. Fue de honradas costumbres. Conservó siempre su
virginidad. Murió en la paz del Señor. A la benemérita paloma
sin hiel (sin malicia en el hablar). Sepultada el 15 de julio
bajo el consulado de Mamertino y Nevitta”
Año 362 (ICUR, IV, 9558).

Valentina, dulce y muy querida

Es típico de la poesía hablar de la muerte con el término de rapto, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Esta separación imprevista provoca consternación y rechazo en los padres. Ni siquiera el recuerdo de las horas más hermosas, de las conversaciones más afectuosas, de las sonrisas y besos recibidos del hijo... pueden mitigar el dolor. Más aún: todo eso se convierte en causa de posteriores sufrimientos para el padre y la madre.
Valente y su esposa han experimentado esta separación con toda su amargura. El único motivo de consuelo es el saber que su hija ha sido arrebatada a su cariño, para el cielo. Dura siempre la angustia del dolor, pero aflora a su alma la certeza, fundada en la fe, de que un día volverán a verla y de nuevo se la dará Dios.

“...en las calendas de abril (= el 1° de abril)
...(la esposa) y Valente, en vida (hicieron el sepulcro)
para la hija dulcísima Valentina (actualmente) en la paz (del Señor).
Oh, Valentina, dulce y muy querida,
me vence un llanto irrefrenable y no puedo proferir palabra.
A quien dirigiste tu sonrisa, ésta (la) conserva en el corazón
y le añade (otras) lágrimas, que no puede calmarle el dolor.
De improviso (te) arrebató el cielo”

Heliodora, muchacha valiente y agradecida

No es raro encontrarse en la catacumba lápidas en las que se habla de alumnos y alumnas, mas no se trata de escolares en el sentido moderno del término, sino de hijos adoptivos. “En el mundo romano, en efecto, era tolerado el abandono de los recién nacidos, que en Roma se dejaban al pie de una columna, llamada precisamente Lactaria, que se levantaba en el Foro Olitorio (mercado de verduras). El que se encontraba una de estas desafortunadas criaturas, podía adoptarla o hacerla su esclava. Esta disposición estuvo en vigor hasta la época de Justiniano (527-565), cuando se reconoció plena libertad a los niños adoptados y se estableció la pena capital para los que abandonaban niños recién nacidos. Constantino, ya a principios del siglo cuarto, en previsión del abandono de los niños, ordenó que se proveyera a los pobres de ropas y alimentos a cargo del erario público. San Agustín, más tarde, encargó a las vírgenes consagradas, la tare de recoger a los niños abandonados y hacerlos bautizar. La mayoría de ellos moriría” (D. Mazzoleni).
Como ya se ha dicho, hay una discreta cantidad de pequeños sepulcros sin inscripciones en el Cementerio de San Calixto, que probablemente se deben a la piadosa labor de los fieles que recogían a estos infelices y les daban cristiana sepultura en la catacumba. Cuando el pequeño sobrevivía, se preocupaba la comunidad cristiana de alimentarle y darle el calor de una familia (alumnus de alere = alimentar). En el caso de que sobreviniese la muerte, el padre adoptivo indicaba sobre la lápida sepulcral que se trataba de un niño adoptado.
Casi nunca sucedía lo contrario: la persona que había sido abandonada en su tierna edad, no daba ninguna indicación de su origen. Resultaba demasiado humillante manifestarlo. Sin embargo, Heliodora Pascasia no tuvo esta suerte de complejos. Hizo excavar un nicho doble, para ella y para León, y quiso hacer compañía en la tumba a quien le había dado todo el afecto de un padre.

“Esta es la tumba de Heliodora Pascasia, cuyo padre
adoptivo León murió el día... de agosto... a la edad de... años” (ICUR, IV, 11334).

Antonio BARUFFA, Las Catacumbas de San Calixto. Historia – Arqueología – Fe.
Editorial LEV, Ciudad del Vaticano, tercera edición española 2004, p. 125 – 131.


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