A un cristiano desconocido de los primeros tiempos, mientras peregrinaba en
la vasta necrópolis calixtiana, le pareció de repente haber entrado
en la mística Jerusalén, en la ciudad teñida de púrpura
por la sangre de los mártires y refulgente de su gloria. Al salir de
ahí grabó con mano elegante, sobre una pared, estas palabras que
hoy todavía se pueden leer: Jerúsalem cívitas et ornaméntum
mártyrum Dei..." (Jerusalén, ciudad y ornamento de los
mártires de Dios).
También el peregrino de hoy, con ánimo conmovido, entrevé
en las catacumbas el íntimo secreto de la espiritualidad de esos pontífices
mártires, de esas vírgenes y de esa innumerable multitud de oscuros
cristianos.
Las inscripciones y las pinturas, que sobrevivieron a tantas devastaciones y
depredaciones, revelan, al menos en parte, tal secreto y repiten todavía
las palabras de un antiguo epitafio cristiano: "Táuta o bíos"
(Esta es nuestra vida).
A la entrada del sepulcro de los papas en San Calixto, la pared está
constelada de plegarias: "San Sixto, ten presente a Aurelio Repentino".
"Espíritus Santos... que Verecundo junto con los suyos, navegue
bien". A veces no hay una oración explícita: para implorar
basta una calificación añadida al nombre: "Felición,
sacerdote, pecador".
Se cuentan por millares las inscripciones con plegarias de los vivos por los
difuntos o con solicitaciones a los muertos para que recen por los sobrevivientes.
En la dimensión social del cuerpo místico, cada persona está
vinculada con la Iglesia entera.
Espiritualidad escatológica
El cristiano está en tensión hacia los "éschata",
es decir, hacia las realidades definitivas de la vida eterna: "No tenemos
aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro"
(Hb 13, 14). "Nosotros somos ciudadanos del cielo" (Flp 3,
20). Basta un breve recorrido en una catacumba para ver brillar esta verdad
con la más viva luz.
Y henos aquí en la escalera que baja hacia la Cripta de los Papas. En
la pared izquierda una lápida nos habla de Agripina, "cuius dies
inlúxit" (cuyo día amaneció): el día de
la muerte fue el día de su ingreso en la luz, en la bienaventuranza esperada.
Un poco más abajo hay una inscripción griega de Adas, la cual
"ecoiméte" (se durmió), al igual que la hija
de Jairo, que -según dice el evangelio- "no ha muerto: está
dormida" (Lc 8, 52) y aguarda la llamada de Aquel que es la resurrección
y la vida.
En una capilla, Jonás, escapado de las fauces del monstruo que simboliza
la muerte, reposa plácidamente a la sombra de un emparrado. Más
adelante, el Buen Pastor aprieta contra sí tiernamente al cordero que
lleva sobre sus hombros: la muerte no es más terrorífica para
el cristiano, llevado por Jesús hacia los verdes pastos.
Desde la pared de un cubículo cinco cristianos levantan los brazos en
la actitud de adoración; alrededor, un hermosísimo jardín
cubierto de flores: es el paradisus, el jardín celestial. Desde
una lápida entre las más antiguas, una cruz-ancla nos anuncia
que llegó al puerto del paraíso una cristiana que lleva el luminoso
nombre de una estrella: "Hésperos" (sobrent. astér,
la estrella de la tarde).
Estos cementerios, además, están llenos de paz. La respuesta se
halla en la fe de los antiguos cristianos, que habla a menudo en el silencio
de las catacumbas: "¿Por qué buscan entre los muertos al que
está vivo?" (Lc 24, 5). "Yo soy la Resurrección
y la Vida" (Jn 11, 25). "No temas; solamente ten fe"
(Mc 5, 36).
Espiritualidad bíblica
Pintores y entalladores, escultores y epigrafistas, se nos muestran embebidos
e inspirados en la Palabra de Dios. Aquí el Antiguo Testamento torna
a ser meditado e interpretado por completo a la luz del Nuevo. De los evangelios
y de las epístolas aparecen particularmente sentidos los temas centrales.
Como la liturgia y la literatura patrística, así la espiritualidad
de las catacumbas se alimenta con las Sagradas Escrituras, a ejemplo de la mártir
santa Cecilia que, según las Actas, "sémper evangélium
Christi gerébat in péctore" (llevaba siempre sobre su
pecho el evangelio de Cristo), y en el acto supremo del martirio indica con
los dedos la Unidad y la Trinidad de Dios.
Espiritualidad nueva y transformadora
Aquí se descubre la verdadera revolución llevada a cabo por el
cristianismo. En particular están presentes dos tipos de personajes de
gran fuerza espiritual: el "mártir" y la "virgen".
El "mártir" da su vida para atestiguar la certeza de la propia
fe; la da con serenidad y sin pesadumbre en medio del desencadenamiento de brutalidades
y torturas; muere sin odio hacia quien lo mata, implorando, por el contrario,
el perdón para él. Muchos cristianos sepultados en las catacumba
realizaron de manera sublime y en innumerables casos el martirio cruento.
La figura de la "virgen" cristiana no falta en las catacumbas. A este
respecto es significativo el poema damasiano en honor de su hermana Irene, sepultada
en el complejo calixtiano:
Saliendo de las Catacumbas de San Calixto, la última gran lápida que se encuentra al final de la escalera es la de Baccis. Grandes y rudos caracteres rojos sobre la piedra cenicienta cuentan una humilde historia. Quien la medite verá , con los ojos de la fe, transparentarse a través de las letras dos rostros: el delicado de la niña muerta y el rudo del padre, sobre el cual, sin embargo, brilla una tierna sonrisa llena de lágrimas. He aquí el texto: "Baccis, dulce alma. En la paz del Señor. Vivió 15 años y 75 días. (Murió) el día anterior a las calendas (el 1º) de diciembre. El padre a su hija dulcísima". Una onda divina de pureza y ternura había entrado también en las familias más humildes con la fe en Cristo.
En las mismas catacumbas bajó un día a buscar consuelo un peregrino. Entró rezando, y al final de la escalera, confió a la pared un deseo de vida feliz entre las almas dilectas para su difunta: "Sofronia vivas cum tuis" (Que vivas, Sofronia, con los tuyos). Debajo de la escalera el querido nombre reaparece con un deseo de vida en Dios: "Sofronia, vivas in Dómino" (Que vivas, Sofronia, en el Señor). Finalmente, en un cubículo al lado de un arcosolio, la leyenda aparece por tercera vez. En la oración el luto ha perdido su amargura y se ha vuelto una esperanza llena de inmortalidad: "Sofronia dulcis sémper vives in Deo" (Dulce Sofronia, vivirás siempre en Dios), escribe en alto el peregrino. Pero parece que de su corazón serenado rebosa la ternura, y él graba todavía: "Sofronia, vives..." (¡Sí, Sofronia, tú vivirás!...). Maravillosa síntesis en que se funde un drama humano de muerte y luto con la expresión apasionada de la fe consoladora: vida más allá de la muerte, vida entre los seres queridos, vida perenne, vida en Dios.
Finalmente, con las relaciones familiares aparecen ennoblecidas las relaciones
sociales. Las tumbas cristianas ignoran las frases que indican cargos y honores,
habituales en los epitafios paganos.
Frecuentes, en cambio, son las indicaciones, no solo de las profesiones elevadas,
como la de Dionisio médico y sacerdote, sino también de
los más humildes oficios, de los pobres "banausói"
(obreros), despreciados por los sabios del paganismo. He aquí, tan solo
en las catacumbas de San Calixto, el campesino Valerio Pardo que lleva en la
izquierda un manojo de hortalizas y en la derecha el hocino; Marcia Rufina,
la digna patrona, a la que Segundo Liberto le dedica una inscripción
con la insignia del taller: un mazo y el yunque. En un arcosolio la verdulera
está sentada entre manojos de verduras, etc. La religión del Artesano
de Nazaret había ennoblecido el trabajo.
A estos aspectos de la espiritualidad ilustrados por el difunto estudioso, Pbro.
Hugo Gallizia, sdb, profesor de Exégesis del Nuevo Testamento y de Arqueología
Cristiana en el Pontificio Ateneo Salesiano de Turín (Italia), puede
ser útil agregar otro aspecto de la espiritualidad de las catacumbas
a menudo descuidado, es decir, la espiritualidad del silencio.
Espiritualidad del silencio
Puede parecer extraño hablar de una espiritualidad del silencio, porque
el silencio, a primera vista, es solamente una vacuidad sin sentido. En realidad,
el silencio de la palabra, de la imaginación y del espíritu es
una dimensión humana fundamental: pertenece a nuestra esencia, porque
es el custodio de nuestro mundo interior, la condición previa de la escucha,
la necesaria premisa de toda comunicación humana.
Recorriendo las galerías de las catacumbas o deteniéndonos en
las criptas, nos encontramos sumergidos en una atmósfera de silencio,
que, sin embargo, es tan solo el silencio de un antiguo cementerio. Pero nos
afecta íntimamente, porque no es el silencio de la muerte, de la añoranza
sin esperanza de todo lo que los cristianos querían durante su vida.
Es un silencio de plenitud, llenado por las voces de los mártires que
vivieron nuestra vida, pero que valiente y constantemente testimoniaron su fe,
no solo en tiempos de paz religiosa, sino especialmente durante las persecuciones.
Este silencio está lleno de paz, de esperanza en una vida futura mejor,
en la luz de la resurrección de Cristo. El silencio de las catacumbas
está lleno de historia y de misterio; es sagrado, significativo y más
elocuente que las mismas palabras; es enriquecedor, porque nos induce a reflexionar
sobre la Iglesia de los orígenes, sobre el heroico testimonio de los
mártires, como sobre el testimonio ordinario de los simples cristianos,
que no sepultaron su fe bajo tierra, sino que la vivieron en la vida de cada
día, en la familia, en la sociedad, en el trabajo, en cada tarea y profesión.
Es un silencio comunicativo, que habla al corazón y a la mente de los
peregrinos, que les revela el mundo desconocido de la Iglesia primitiva, con
sus clases sociales, sentimientos y afectos; con las penas y esperanzas de los
cristianos sepultados en las catacumbas. No podemos sofocar este silencio, que
habla por sí mismo, o que más bien grita imperiosamente. San Gregorio
Magno habló del "strépitus siléntii" (fragor
del silencio), un distintivo que se adapta perfectamente al silencio de las
catacumbas.
Esta atmósfera de silencio, que evoca la vida y el sacrificio de los
primeros cristianos, constituye un lugar privilegiado de meditación espiritual,
de revisión de vida, de renovación de la fe. Su testimonio valiente
y fiel nos interpela personalmente. ¿Cuál es hoy "nuestra"
respuesta al amor de Dios, en una sociedad que quizá no es tan hostil
como la de ellos, pero que es principalmente indiferente a los valores religiosos?
Las catacumbas nos dejan un mensaje de fe silencioso, pero nítido, tanto
más necesario por el hecho de que nuestro tiempo está enfermo
de ruido, exterioridad, superficialidad . Aquí las palabras no son necesarias,
porque las catacumbas hablan por sí solas.
Este es el cristianismo, en su máximo grado de sencillez e intensidad,
encarnado en figuras de mártires, confesores y vírgenes, que hablan
desde las criptas y pasillos, desde las pinturas y las lápidas consagrados
por casi dos milenios de veneración. Es precisamente este carácter
de esencialidad fundamental, eficaz, inagotable, que hizo de las catacumbas
romanas una de las metas predilectas de la cristiandad peregrinante.
Sobre los pasos de los mártires y de los primeros cristianos, la espiritualidad
de las catacumbas nos ayudará a celebrar el Jubileo con una verdadera
y profunda renovación de nuestra fe para "vivir en la plenitud de
la vida en Dios" (Tertio Millennio Adveniente, n. 6).